Hay frases y ocurrencias que da casi miedo repetir. O reparo. O no-sé-qué. La del 'relaxing' café con leche quizá sea la última. Pero antes tuvimos otras igualmente memorables salidas de las bocas de nuestros próceres: alineaciones planetarias, hablar catalán en la intimidad, jóvenes y jóvenas, cocineras antes que frailas...
Se trata de perlas dialécticas que nos quedarán para siempre grabadas en la memoria por su inoportunidad o su ridiculez. Lo que pasa, no obstante, es que algunas de ellas se han convertido también el mejor recurso para atinar sin riesgo de fallo con lo que queremos decir. Así que voy a ello sin complejos: hoy quiero hablarles de brotes verdes.
Resulta difícil ser optimistas, bien lo saben: lo que hoy más encontramos alrededor son negocios que han echado el cierre, gente preparada que ha pasado a nutrir las listas del paro y casos múltiples de desazón. Por eso, cada vez que encuentro un resquicio abierto a la esperanza, no imaginan cuantísima alegría genera en mí.
La última vez fue hace unos días en Madrid. Caminaba con mi hija por la calle en la que ella vive ahora, que es la misma en la que yo residí durante unos cuantos años hace tres décadas y por la que a menudo suelo pasar. Se trata de una zona digamos próspera donde los zarpazos de la mala bestia de la crisis han sido a simple vista menos salvajes que en otros entornos. Aun así, supongo que tampoco los dueños de los negocios andan brindando con champán rosado al bajar la persiana cada tarde, por eso me chocó encontrar un local que no me resultaba en absoluto familiar. ¿Y esto?, pregunté a mi hija. Ni idea, es la primera vez que lo veo, fue su respuesta. Andábamos en busca de unos dulces para llevar a una merienda y aquello parecía una panadería, así que decidimos entrar.
Decoración grata y espaciosa, panes y bollos que gritaban cómeme, tés variados en un expositor... Todo invitaba a elegir con cuidado algo sabroso y a sentarse tranquilamente en una de sus mesas para ver pasar la tarde o la vida mirando la calle a través de la cristalera. Pero nosotras andábamos con prisa y nos dispusimos a ser atendidas con rapidez, cosa que no ocurrió. Y, paradójicamente, no me importó en absoluto.
Pedí dos tipos de pastas al peso para que fueran juntas en una caja, y una de las jóvenes dependientas me dijo que no sabía si se podían mezclar. Pregunté por unos dulces con una pinta magnífica y no supieron identificarme su sabor. Tardaron un rato largo en darme el cambio porque se atascaron con la máquina registradora. Lejos de molestarme ante los inconvenientes, por las tripas comenzó a correrme un gusanillo de ilusión. ¿Cuándo han abierto?, pregunté entonces. Esta mañana, fue la respuesta. Con un punto indudable de aprensión y timidez. A punto estuve de saltarme el mostrador y darles un par de besos al joven dueño y a sus empleadas, mis héroes de hoy. Por valientes. Por lanzarse a la aventura en tiempos aciagos, por tirar para adelante aun sabiendo que llueven piedras. Por hacernos ver que lo de los brotes verdes quizá no sea una mera frase vacua y absurda, sino algo que tal vez empiece a arrancar. No recuerdo el nombre del establecimiento, pero está en Julián Romea casi esquina con San Francisco de Sales. Pásense si pueden, denles un aplauso y tómense un croissant a mi salud.